Durante mi trayectoria artística tuve la oportunidad de conocer al escultor Pier Gabriele Vangelli, autor del busto en bronce dedicado a Bartolomeo Pinelli, "el pintor de Trastevere". En ese tiempo compartí con él, como buena toscana, la pasión por las tabernas, lugares de encuentro de artistas. Un día tomé el autobús 26, cuando giró por la Salita de' Crescenzi, la vi: la taberna de "Armando al Pantheon". Para mí, petirrojo inconsciente, se convirtió en un ícono, fue mi puerto seguro. La taberna era de gestión familiar y así ha permanecido con Claudio, Fabrizio, Fabiana... mis queridos amigos. Qué momentos tan hermosos en Armando: "Mimma, tu hermana está al teléfono", pienso en Laura la alta, Franco el estañador, Annina con su hijo en Holanda... La taberna es una emoción intelectual, una idea simbólica, un concepto de grupo, una palabra que se desliza en nosotros como oro líquido y se materializa al contacto del alma.

Cuando iba con el Maestro a la taberna a dibujar, en el camino, entre callejones y callejones pequeños, era fácil vislumbrar la imagen de una fuente con mi alegría..."ara alegrar allí se adquiere fulgor" decía Dante. Al llegar al bistró, los pasteles ofrecían su conversación trabajando en el pleno de la nada en la corriente de la percepción. El Maestro supo hablarme de las tabernas con el mismo cariño con que hablaba de sus años en París. Lo escuchaba extasiada, era embriagador. Sus palabras, un canto de esencias: Guerlain, Chanel, Patou. La taberna, entonces, como puerto de almas errantes, infantiles, sabias, jerárquicas y solemnes.