La taberna, que la gente moderna finge no comprender más a pesar de los daños que ha recibido, sigue siendo uno de los lugares maravillosos de nuestro país, una reserva de fe en la vida y de alegría secreta precisamente porque está velada de melancolía. Sus personajes se preparan para un futuro que parece llegar antes que el presente, que en la época moderna llega prematuramente, reduciéndolo a un tiempo tan breve que parece irreal. En la vida, creen en una sola cosa, en sí mismos. Se arrastran doblados, aunque juegan en un equipo de rascacielos. Borrachos porque son entertainers fracasados, cansados apologistas. Fingen imaginar, logrando así encontrar su verdad secreta, la doliente de la segregación o de los aforismos brillantes. Creen que la devoción es un engaño sin solemnidad ni piedad. Viven un universo torcido, fracturado por una luz que ahora se vuelve violenta, en el que parecen no moverse por voluntad propia. Los alegres caballeros narran este mundo, compuesto de un pasado y un presente claramente divididos, donde el presente es el verdadero tiempo de lo eterno vivido en cada instante. Un trabajo humano y poético que apela a la fe que extrae de la armonía del dolor.

Un mal en el que se insinúa una frágil hipótesis de salvación, un encuentro a la romana en dialecto, que es ese instrumento con el que un sistema cultural codifica las reglas de sus modificaciones internas, tomando todo el veneno dentro de la sonrisa. Ese aspecto tan absurdo y divertido que mitiga las angustias humanas y encuentra su forma definitiva: la reconciliación. La jerga romana contiene en sí una sensación colorida, gracias a la pureza de la pasión, ciertas expresiones tienen gradaciones de luminosidad, profundidad y capacidad de conferir un sentido evocador y sugestivo. Su amor propio de taberna, con esa riqueza de imágenes, supone una explosión de colores que me devuelve "Sennelier" con sus suaves pasteles al óleo.